El génesis de ALBERTOYOS.
Madrid, diciembre de 1992.
La editorial Edelvives busca ilustradores para un extraño experimento.
Cristina Martínez-Abarca, directora de arte de la editorial, contacta con Emilio Barnechea, autor de libros de plástica, que contacta con Álvaro Paricio, catedrático de Grabado de Bellas Artes de la Complutense, que contacta con Javier Herraiz, alumno recién licenciado en Bellas Artes, quien finalmente le pasa el soplo a Albertoyos, compañero, amigo y, en ese momento, náufrago vocacional: alumno del Máster de Radio de RNE, ilustrador de tarjetas de felicitación para la empresa Ortiz y colaborador en el fanzine Paté de Marrano; quien, tras contactar con la editorial, es citado para una entrevista en la sede de la misma, en la calle Dr. Federico Rubio y Galí de Madrid, donde, tras mostrar sus incipientes ilustraciones a la citada directora de arte Cristina Martínez-Abarca, ésta le indica el estilo requerido y le pide una ilustración de prueba, una escena urbana familiar:
Esta ilustración y todo lo que después aconteció, es historia.
Madrid, enero de 1993:
A las ocho de la mañana del 18 de enero de 1993, Albertoyos acude a la editorial en su primer día de ilustrador en plantilla de Edelvives y allí, sorprendentemente, se encuentra con Mar Ferrero, pedazo de ilustradora y compañera vespertina de la facultad de Bellas Artes, quien, poco tiempo después, renuncia a su puesto y es suplida por Carmen Martín Ortega, conocida, actualmente en el mundo editorial como Carmen Ilustradora, pero eso es otra historia y será contada en su justo momento.
«Nada más comenzar a trabajar en Edelvives, como parte del extraño experimento de Cristina Martínez-Abarca: cazar, enjaular, amaestrar y domesticar una parejita de agrestes ilustradores y tenerlos, fichando y con nómina, dentro del estricto y regio organigrama de una editorial, me percaté de que mi ignorancia y mi torpeza como ilustrador eran directamente proporcionales a mi osadía.
Aquel estilo burdo, deriva anarcocutrónicoartística del cómic ochentero underground con trazas de Gaston y Mortadelo, con el que me soltaron de la Facultad de BBAA de la Complu, no solo no tenía nada que ver con el estilo dominante en los libros de texto de entonces, sino que chocaba frontalmente, como un polluelo de petirrojo recién brotado del nido contra el parabrisas del AVE Sevilla Irún.
Enseguida me quedó claro que:
Nada de cómic.
Nada de animación.
Nada de trazo chusco.
Nada de trazo negro.
Nada de narices gordas y caricaturas groseras.
Nada de colores sucios y oscuros.
Nada de colores fosforitos.
Nada de degradados de aerógrafo.
Nada de lo que ufano, ufanamente, me ufanaba en ufanar: nada de trazo chusco ni negro ni grosero ni oscuro ni fosforito ni degradado aerografiado.
Así que, agarrado a un rotring 0,3 cargado de tinta marrón rojizo como mandaban los cánones imperantes, y mirando de reojillo a Mar Ferrero, que lo hacía todo milvecesmil más elegante, más fino, más bonito y mejor dibujado, coloreado y compuesto que yo, me entregué a la dura lucha del uno mismo contra el no tener ni puta idea.
Así ilustré un par de libros de mates, que el Altísimo quiera que hayan sido absolutamente reducidos a cenizas en la pira de alguna secta fundamentalista radical de Defensores del Buen Gusto.»
Madrid, marzo de 1993:
«Hasta que, un día de primeros de marzo, en el que no teníamos nada que ilustrar, pues estábamos esperando la llegada de un prometido y apasionante nuevo encargo que no llegaba, mi compañera Mar, aburrida de tener que ir, fichar, sentar, estar, cobrar, sin tener que trabajar, se despidió, adiós muy buenas, y se fue a su casa para nunca volver, renunciando a un magnífico sueldo, dejando un tablero vacío, un gesto de estupefacción en los allí presentes y una lección de integridad, amor y devoción por el trabajo, y por su trabajo, la ilustración, imposible de olvidar.
Para poder continuar con el extraño experimento de Cristina Martínez-Abarca, ese hueco hubo que llenarlo. Pero, justo antes de que Carmen Ilustradora lo ocupara, llegó el prometido y apasionante nuevo encargo:
Un libro de lecturas en gallego, cuya primera ilustración, presentando a unos personajes, que hube de adaptar de los que ya había creado otro ilustrador, da muestra de cómo me iba domesticando.
Aborregando.
Desasnando.
Aprendiendo.»